Premio Planeta 2026: Isabel Allende se alza con el galardón tras publicar bajo seudónimo

Hay cenas que tienen algo de teatro, algo de negocio y bastante de ceremonia. La del Premio Planeta es una de ellas. Se celebra cada 15 de octubre en Barcelona, siempre con esa mezcla tan suya de trajes caros, copas de cava bailando en las bandejas, cuchicheos entre editores y la sospecha permanente —casi una tradición nacional— de que todo está vendido de antemano. Pero anoche hubo una grieta en la rutina. Una grieta de ochenta y cuatro años, cabello cano impecable y una sonrisa que parecía decir: «A mi edad, los protocolos me dan exactamente igual».
Isabel Allende ha ganado el Premio Planeta 2026.
Un secreto de un millón de euros: La jugada de Luz Ventura
Para quien mire el titular rápido desde la pantalla del autobús, la noticia puede sonar a otro gran nombre que se suma a una lista kilométrica de trofeos. Sin embargo, los detalles cambian el paisaje. La escritora chilena se presentó al certamen más lucrativo de las letras en español —un millón de euros, que se dice pronto— bajo el seudónimo de Luz Ventura y con un manuscrito titulado Los que faltan. Y lo hizo, según confesó con esa desenvoltura desenfadada que tiene la gente que ya le ha visto la cara a la vida varias veces, por puro capricho. Por el vértigo tonto de probar algo nuevo cuando ya lo has probado casi todo. Comentó que jamás se había presentado a un concurso literario en su vida por miedo a quedar la última de la fila y sufrir la humillación pública.
«A mi edad hay muy poco que perder», lanzó desde el atril, provocando esa risa floja que solo consiguen las verdades dichas sin anestesia.
La hora antes del alba: El esperado regreso al universo de La casa de los espíritus
La novela con la que ha conquistado al jurado no es un texto cualquiera dentro de su bibliografía. Se titula La hora antes del alba y es, ni más ni menos, la continuación directa de La casa de los espíritus.
Conviene detenerse un segundo aquí. Hay que tener un punto de valentía o de inconsciencia genial para regresar al libro que te cambió la vida cuarenta y cuatro años después. La casa de los espíritus no es solo una novela; en 1982 fue un terremoto. Fue el libro que salvó a una mujer exiliada en Caracas, que le dio voz a la saga de los Trueba, a los espíritus que atravesaban las paredes, a la violencia política de un continente entero y al dolor que se masticaba en silencio tras los golpes de Estado. Aquel texto nació de una carta que Isabel comenzó a escribirle a su abuelo moribundo de noventa y nueve años. Que hoy, habiendo cumplido ya los ochenta y cuatro, decida retomar el hilo donde lo dejó Alba —la niñera de los recuerdos, la superviviente de la tortura, la depositaria de los cuadernos de anotar la vida— tiene algo de ajuste de cuentas con el propio tiempo.
Durante décadas, los lectores le han preguntado en firmas de libros, en conferencias y en cartas qué había sido de Alba después de aquellas últimas páginas tan amargas y esperanzadoras. Allende siempre respondía con una evasiva elegante o decía que las historias, una vez escritas, le pertenecen a quien las lee. Pero el gusanillo seguía ahí. En La hora antes del alba, la trama arranca exactamente en ese minuto posterior al desenlace original. Es el mapa de lo que vino después: la reconstrucción de un país devastado, la memoria de los desaparecidos —de ahí el título provisional con el que envió el paquete a la editorial— y el empeño cotidiano de las mujeres por mantener en pie lo que los hombres se empeñan en destruir a cañonazos.
Quienes han hojeado ya las primeras galeradas hablan de una prosa que recupera el pulso torrencial de sus primeros años. Menos aséptica que en algunas de sus entregas más recientes, más descarnada, impregnada de esa melancolía que solo da la perspectiva de haber visto caer a dictadores, nacer a nietos y morir a la mitad de tus seres queridos. «Si uno vive lo suficiente, los círculos se cierran», decía hace unos meses al depositar su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. Anoche, en la sala del Palacio de Congresos, ese círculo dio su última vuelta.
Diálogo entre dos épocas: El choque generacional en el escenario
Hay un detalle casi poético en la velada que merece la pena rescatar antes de que caiga en el olvido del periodismo de urgencia. El finalista de esta edición de 2026 fue Sergio Hernández Carrasco, un joven autor que viene del mundo del cómic y del guion, y que competía con la novela La añoranza. Verlos juntos en el escenario era la estampa viva de dos épocas encontradas: la veterana que empezó a teclear en una máquina de escribir ruidosa refugiada en un apartamento prestado y el creador de la era digital que aprendió a contar historias dibujando viñetas.
Hernández cerró su intervención citando a Antonio Machado: «Hoy es siempre todavía». A su lado, Allende asentía. Para ella, que lleva más de ocho décadas desafiando la lógica de los años, el «todavía» es una declaración de principios.
¿Por qué el Premio Planeta 2026 sigue importando?
Es inevitable reflexionar sobre lo que significa este premio a estas alturas. Isabel Allende no necesitaba el Premio Planeta. Ha vendido más de ochenta millones de libros, la han traducido a más de cuarenta idiomas, ha recibido premios nacionales, medallas presidenciales y el reconocimiento de tres generaciones de lectores que tienen sus libros manoseados y amarilleados en las estanterías de sus casas. Tampoco el grupo Planeta necesitaba descubrir a Isabel Allende, una autora a la que todo el mundo conoce. Y, sin embargo, el encuentro funciona porque responde a una necesidad puramente humana: las ganas de contar historias hasta el último aliento.
En un mercado editorial empalagado de novedades semanales que duran tres días en la mesa de las librerías, que una mujer de ochenta y cuatro años se encierre a escribir la segunda parte de su obra maestra demuestra que la literatura, cuando es de verdad, no es una profesión; es una neurosis benigna, una forma de respirar. Allende podría estar descansando en su casa de California, mirando el mar o cuidando de sus perros. En lugar de eso, prefirió pasar meses delante de la pantalla peleándose con la sintaxis, armando árboles genealógicos y sufriendo la incertidumbre de enviar un paquete con seudónimo a un concurso madrileño para ver si su voz todavía resonaba.
Anoche, mientras los camareros recogían las últimas copas y la megafonía se apagaba lentamente, Isabel Allende sostenía el trofeo con la familiaridad. No había en ella impostura ni la soberbia típica de las vacas sagradas de las letras. Había, más bien, una especie de picardía satisfecha. La certidumbre de saber que, mientras la mayoría busca atajos para permanecer, a ella le ha bastado con hacer lo que mejor sabe hacer desde 1982: sentarse a contar una historia sobre la vida, la muerte, el amor y los fantasmas que nos acompañan cuando apagamos la luz. Y lograr, una vez más, que nos quedemos despiertos hasta las tantas leyendo para saber qué pasa al alba.
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https://www.hola.com/actualidad/20261015929331/isabel-allende-ganadora-del-premio-planeta-2026-agranda-su-historia-como-gran-dama-de-las-letras/
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